Angélica Infante-Green comenzó como maestra bilingüe. No identifica un único momento que definiera su camino en la educación: habla de una serie de experiencias en el salón de clases que fueron marcando su compromiso.
Angélica Infante-Green comenzó como maestra bilingüe. No identifica un único momento que definiera su camino en la educación. Habla, más bien, de una serie de experiencias en el salón de clases que fueron marcando su compromiso.
Allí vio estudiantes con un enorme potencial, pero también las barreras que podían impedirles avanzar. Y cada vez que uno encontraba su voz, ganaba confianza o lograba algo que antes creía imposible, ese compromiso se hacía más fuerte. “Esas experiencias me inspiraron a asumir roles de liderazgo porque quería crear oportunidades no solo para una sola aula, sino para todos los estudiantes del sistema educativo”.
Con el tiempo, esa mirada del aula se convirtió también en una forma de entender el liderazgo. Para Infante-Green, los datos son necesarios, pero nunca suficientes por sí solos. “Los números nunca cuentan toda la historia”, dice.
Cuando analiza información, piensa en quiénes están detrás de ella: el niño que está aprendiendo inglés, el estudiante con una discapacidad, la familia que trabaja varios empleos o el joven que enfrenta grandes obstáculos. Por eso considera importante equilibrar la evidencia cuantitativa con las experiencias humanas y dedicar tiempo a escuchar a estudiantes, familias, educadores y miembros de la comunidad.
Su propia historia también forma parte de esa visión. Como hija de inmigrantes, dice entender las esperanzas, los sacrificios y los sueños de muchas familias que ven en la educación una oportunidad para construir un mejor futuro. Como madre de un hijo con necesidades especiales, comprende la importancia de que cada estudiante se sienta visto, valorado y apoyado.
“La equidad significa garantizar que cada estudiante tenga acceso a las oportunidades, los recursos y el apoyo que necesita para tener éxito”. Para Infante-Green, no se trata de reducir expectativas, sino de eliminar barreras y crear caminos para que todos los estudiantes puedan alcanzar altos estándares.
La pandemia puso a prueba muchas de esas convicciones. De esa etapa, asegura, aprendió sobre resiliencia, empatía y capacidad de adaptación. También confirmó algo que considera esencial: que la educación va mucho más allá de lo académico. “También se trata de relaciones, estabilidad y comunidad”.
Cuando las decisiones son complejas, Infante-Green dice volver a una pregunta sencilla: “¿Qué decisión servirá mejor a los estudiantes?”. Para responderla, escucha a educadores, estudiantes, familias, colegas y líderes comunitarios. Se apoya en los datos, la experiencia y la colaboración, pero también en la reflexión sobre la misión. En esos momentos, señala, encuentra fortaleza en su fe.
Cuando mira hacia el futuro, su expectativa tampoco se limita a los resultados académicos. Espera que, dentro de veinte años, los estudiantes de Rhode Island recuerden que fueron desafiados, apoyados y que hubo personas que creyeron en ellos. “Lo más importante es que recuerden que su educación les abrió puertas y los ayudó a descubrir su potencial. El éxito no se mide únicamente por lo que logran, sino también por las personas en las que se convierten”.
A las jóvenes latinas que sueñan con liderar grandes instituciones les deja un mensaje directo: creer en su voz y en sus capacidades, buscar mentores, continuar aprendiendo y aceptar los desafíos, incluso cuando parezcan intimidantes. “El liderazgo no consiste en tener todas las respuestas, sino en servir a los demás, generar confianza y mantenerte fiel a tu propósito”.
“El talento es universal, pero las oportunidades no lo son.”




