Sandra Cano todavía se emociona cuando piensa en aquella joven que llegó de Medellín a Estados Unidos con sueños, pero también con inseguridades por su acento.
Sandra Cano todavía se emociona cuando piensa en aquella joven que llegó de Medellín a Estados Unidos con sueños, pero también con inseguridades por su acento.
Años después, sería nombrada por el presidente de los Estados Unidos para liderar una región. Ella no lo mira únicamente como un logro personal. Lo entiende como una confirmación de lo que puede ocurrir cuando los sueños se acompañan de trabajo, fe, disciplina y propósito.
Su historia, sin embargo, también estuvo marcada por momentos que la obligaron a decidir cómo quería ocupar los espacios. Cuando comenzó la universidad, recuerda que un estudiante se burló de ella al saber que era colombiana. El comentario le dolió, pero también produjo una decisión: no permitiría que los estereotipos definieran quién era ni de dónde venía. “Desde ese día asumí la tarea de educar, no solo con palabras, sino con mis acciones, mi preparación, mi ética de trabajo y mi compromiso de servir”.
“Aprendí a responder, no desde la amargura, sino desde la excelencia. Me preparaba, hacía el trabajo, cumplía mi palabra y dejaba que los resultados hablaran”.
Cano fue la primera latina en ocupar varios cargos públicos en Rhode Island. Para ella, ser la primera representa un honor, pero también una responsabilidad. Su visión nunca estuvo limitada a ocupar un asiento. “Desde el principio entendí que ocupar un asiento no era suficiente: había que utilizarlo para abrir puertas”.
Por eso habla con especial orgullo de las mujeres a las que ha animado a postularse y asumir posiciones de liderazgo. Su definición es sencilla: liderar no consiste en proteger un espacio para una misma, sino en ensancharlo para que otras también puedan entrar.
También aprendió que no tenía que cambiar quién era para merecer estar allí. Su acento, dice, no era una deficiencia. Era evidencia de haber construido una vida, una carrera y una voz en otro idioma. Y su maternidad tampoco disminuía su compromiso; le permitía comprender mejor muchas de las realidades que viven las familias.
La vida del inmigrante
Para Cano, su historia como inmigrante está en la base de su manera de entender el servicio público. Conoce lo que significa comenzar de nuevo, aprender otro idioma, navegar sistemas desconocidos y observar los sacrificios que hacen los padres para ofrecer oportunidades a sus hijos. Por eso insiste en que detrás de cada política pública existe una historia concreta: una familia, un estudiante, una madre, un pequeño negocio o una persona que necesita que el sistema también funcione para ella. “Yo recibí oportunidades que transformaron mi vida; mi responsabilidad es convertir esa gratitud en puertas abiertas para los demás”.
Pero detrás de todos los cargos y todas las responsabilidades también ha habido sacrificios. Durante años ella mantuvo un trabajo de tiempo completo mientras que ejercía como legisladora y presidía la Comisión de Educación. A eso se sumaban sus diversas responsabilidades como madre, pareja, hija, amiga y profesional.
También forma parte de la llamada generación sándwich: cría a sus hijos mientras acompaña y cuida a sus padres. Por eso, con el tiempo, dejó de perseguir la idea de un equilibrio perfecto. Ha aprendido a tomar decisiones según las prioridades de cada etapa, pedir ayuda sin culpa y tratar de estar verdaderamente presente donde se encuentra.
“Ningún logro profesional sustituye los momentos que construyen una familia”. Esa perspectiva también ha cambiado su relación con el poder. Después de años cerca de grandes instituciones, Cano distingue entre ocupar una posición y utilizarla para servir. Los títulos, dice, pueden cambiar en cualquier momento. La verdadera influencia permanece en la confianza construida y en la vida de las personas a quienes se logra ayudar.
Su fe también ocupa un lugar central en esa historia. La describe como la raíz que la sostiene, tanto en las puertas que se abren como en las que se cierran. Ha aprendido que no todo rechazo representa una pérdida y que, algunas veces, una nueva dirección también puede formar parte del propósito.
Cuando piensa en el legado que quiere dejarles a sus hijos, tampoco habla primero de cargos o reconocimientos. Quiere que recuerden cómo trató a las personas, que la familia fue su prioridad y que utilizó las oportunidades que recibió para ayudar. “Los títulos se quedan en un currículo; los valores con los que criamos a nuestros hijos continúan viviendo a través de ellos”.
Seguiría siendo Sandra, la niña de Medellín formada por el amor y el sacrificio de sus padres; la inmigrante que decidió transformar los prejuicios en propósito y la mujer que todavía entiende el liderazgo desde una pregunta sencilla: ¿a quién puedo ayudar desde aquí?
“El poder pregunta: ‘¿Qué posición ocupo?’. El servicio pregunta: ‘¿A quién puedo ayudar desde aquí?’”




